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El Blog

Luna, las picaduras de pulga y la abuela

Luna era una perra de las grandes, con abundante pelo blanco y esos ojos azules tan característicos de los Husky Siberianos, muy cariñosa y con un sexto sentido para proteger y cuidar a su dueña, la señora Julia.

Ambas vivían en una casita en la huerta, rodeada de naranjos y limoneros, donde el aire se inundaba de azahar en primavera.

A la señora Julia le encantaban los fines de semana porque recibía la visita de sus nietos, Juan, Kike y Rocío, que corrían por el jardín y jugaban con Luna a los trineos, aunque ésta ya casi no podía seguirles el ritmo a aquellas criaturas que derrochaban tanta energía.

Ese sábado los esperó horneando magdalenas, las favoritas de Rocío, así que al llegar, los niños corrieron hacia la cocina atraídos por el olor, dejando tras de sí la puerta del jardín abierta, oportunidad que Luna aprovechó para escaparse. No sabemos por dónde estuvo andando, pero regresó ya casi al anochecer toda sucia, con algunas heridas y sin parar de rascarse.

¡Pobrecilla, ella que siempre iba tan limpia!

Inmediatamente los niños la bañaron, como siempre hacían, pero Luna se seguía rascando con ansia y, lo peor… los pequeños también empezaron a sentir picores por las piernas y brazos.

Los tres estaban muy nerviosos porque sentían mucho picor, y cuanto más se rascaban, más les picaba y escocía. Kike comenzó a llorar desconsoladamente, así que Rocío, que era la mayor de los tres, lo abrazó fuerte y le dijo:

-“No te preocupes, ya verás como la abuela nos cura. Ella es sabia, y siempre tiene un remedio para todo. ¿A que sí, abuela?”

Entonces la señora Julia, que ya había vivido esa situación antes, examinó las picaduras de los niños, pero como no veía muy bien de cerca le pidió a Juan que le prestara su lupa, con la que solía observar los pequeños insectos que encontraba por el jardín.

-“¡Aja, lo que me temía! Picaduras pequeñitas y varias, una junto a otra como en fila… ¡Son picaduras de pulga! ¡Luna ha cogido pulgas! A saber dónde se ha metido esa perra traviesa… Pero no os preocupéis porque tengo un desparasitante buenísimo para ella, y la vamos a dejar limpia. Y para vosotros también tengo una solución”

Entonces la abuela, que tenía experiencia en estas lides, lavó las picaduras de los pequeños con agua y jabón, las secó con mucho mimo, como ella siempre hacía las cosas, y sacó del botiquín el remedio que les aliviaría el picor, el escozor y la hinchazón.

“El boli mágico, el boli mágico” gritó Kike, que por fin sonreía. “Yo quiero, yo quiero, déjame que yo me lo ponga solito”.

Los tres niños se aplicaron el Afterbite en las picaduras, mientras la abuela les sirvió un buen vaso de leche con magdalenas recién hechas, que terminaron de aliviar el mal rato que habían pasado. Después, salieron a jugar de nuevo al jardín, pero esta vez tuvieron mucho cuidado de no dejarse la puerta abierta.

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